Larache – La ciudad azul

Poco a poco las ruedas de la bicicleta van recorriendo la tierra de Larache. Larache era una colonia española y también la cuna de escritores, artistas, personas humildes y sencillas que construirían la gloria del lugar. Desde lejos daba la sensación de ser una mujer tímida envuelta en una tela blanca y azul, asentada sobre una colina para cuidar el valle y los barcos viejos de los pequeños pescadores que salen a pescar cada tarde, cada mañana, en busca de nuevas aventuras, nuevas historias, nuevos cuentos que compartir en los cafés de la plaza mayor, el corazón de la ciudad.

Con su bicicleta verde surcaba las calles de la ciudad mientras la niña iba adelantándole,  como si fuera un faro que conducía su alma frágil hacia su plenitud. Llegaron a la Khasbah, la parte alta de la ciudad que asoma al puerto pesquero, se sentaron encima de un banco de piedra, e intercambiaron sus miradas inocentes mientras se sonrió el uno al otro. Se comunicaron sólo con las miradas afanosas que coloreaban sus rostros. El hombre de la bicicleta verde quedó asombrado por el color azul que envolvía la medina y deseaba saber el secreto de este color que cubría las paredes de la ciudad, de forma que la niña le contó el fabuloso secreto.

Una vez la ciudad estaba desconsolada y se sentía sola, alejada y desolada, sólo el mar concebía su melancolía, así que de noche, mientras todo el mundo dormía, se sosegaba. El mar se elevaba inmensamente, crujiendo en el silencio nocturno y abrigando la ciudad. Permaneció abrazándole entre sus brazos líquidos hasta que el sol sopló su primer rayo de luz, luego se retiró pacíficamente a su hogar, las paredes perseveraron en su azul pasmoso y nació una pasión entre la ciudad, Larache, y el mar.

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